Nunca imaginé que tenía una hija

Autora: Erika

Cuando mi niña nació nos dijeron que era un niño por sus genitales. Y nos lo creímos a pies puntillas. La criamos como a un niño, le enseñamos que era un niño. Y no, no era un niño, era una niña.

El primer año de colegio, en infantil, vino un día corriendo y me dijo que ella era niño porque tenía pene y yo era niña porque tenía “puppa”, yo le aseguré que ella sí era un niño y tenia pene pero que yo no tenía pupa y ella se alteraba porque con media lengua que todavía tenía no era capaz de decir “vulva”. Siempre hemos recordado esa anécdota como algo gracioso hasta que hemos sabido lo que realmente ocurrió en esa conversación: a ella le dijeron en el cole lo que esperaba la sociedad de ella y vino a consultarmelo a mi, su madre, su pilar; y yo, ignorante de mi, reforcé ese mensaje.

A lo largo de su infancia las personas más importantes de su vida, en las que confiaba, de las que aprendía que este número es el “2” y éste el “7”, que este animal es un “perro” y este un “tigre” o que este color es el “verde” y este otro es el “amarillo” le hemos enseñado que era un niño. Los Reyes Magos tampoco cumplían su deseo, por lo tanto pensó que eso que sentía y deseaba con todas sus fuerzas (y que ya era aunque no lo sabía ) no podía ser: ser una niña. Segura de que le había tocado ser niño y que se tenía que contentar intento serlo, se esforzó, pero resulta que era y es una niña.

Sus gustos y preferencias en cuanto a ropa o juguetes no nos dieron pistas puesto que a mi niña no le atraen la ropa o juegos que está establecido por la sociedad que sean de “niñas”, así que hasta la comunión pasó el tiempo soportando la situación.

He de decir que nunca imaginé que tenía una hija, hasta el verano pasado. Ojalá hubiera estado informada, pero me he prometido a mi misma que el sentimiento de culpabilidad no va a formar parte de mi vida, veremos si lo consigo.

Cuando llegó la hora de hacer la comunion no quiso hacerla. No la entendí. Claro, estaba harta de disfrazarse de niño. Este momento le removió otra vez su necesidad de ser.

Menos mal que un día (yo no lo recuerdo, me lo contó después, como todo lo demás) estábamos hablando de algo y me preguntó si de mayor podría ser algo y yo le debí contestar que ella podía ser lo que quisiera.

Entonces se activó un interruptor de esperanza, se encendió una luz y se dijo a si misma “al final voy a poder ser una niña”

Hace algo menos de un año habló conmigo. “Mamá tengo que pedirte una cosa que sé que no va a poder ser pero yo ya no puedo más”  yo pensé que sería una consola nueva, yo que sé. “Mamá yo no quiero ser niño, yo primero creía que quería ser niña y me he dado cuenta de que no es que lo quiera sino que lo soy”.

Aquí empezó su salvación, y comencé mi viaje en montaña rusa (que creo que no dejare nunca). Y nuestra lucha para que ella sea quien es, porque ella, y solo ella, sabe lo que es. Ni patología, ni capricho,  ni elección, simplemente descubrimiento, mi hija tuvo que poner en duda todas las bases de su conocimiento para saltar a la piscina y decir: “estáis todos equivocados, soy una niña”.

El tránsito fue uno de los momentos más importantes y felices de nuestras vidas, arropados por familia, amigos y las instituciones que, gracias al trabajo de mamas y papas luchadores que nos han allanado el camino, han activado protocolos para salvaguardar la libertad de mi niña a SER.