En el nombre de Emma

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Emma nació con las cosas que tienen los niños por fuera y con su vida de niña verdadera por dentro. Ella era ella en un mundo que le llamaba él, una Emma como la sirena de la tele en un Jorge con pantalones. Con pantalones que ya no existen. Porque esta cría de 12 años, que quiere ser diseñadora y poeta, que aguanta más que nadie el tabasco, que sueña con delfines cuando está despierta y que juega a la goma en el asfalto de su historia, es uno de los siete menores transexuales que han logrado cambiar su nombre en el Registro Civil y obtener un DNI acorde a la identidad que sienten.

– Mira, mira, ¿te gusta mi estado de Whatsapp? Lo he escrito yo…

Y en eso uno ajusta la vista al móvil alegre de Emma y lo entiende todo: «Sé libre, nunca te sientas apresada».

Este es el cuento de Emma, el poemario de su vida al abrigo de papá y mamá, que miran a la hija que siempre tuvieron aunque la calle la viera uniformada en niño. Es la historia de ellos y dos hermanos, una familia andando por la vida porque en su casa empieza el mundo.

«La transexualidad no es un capricho, ni algo transitorio, ni una enfermedad. Sabemos nuestra identidad pronto. Si yo me amputo los genitales seguiré siendo un hombre. Y mi hija no tiene fobia a su género, sólo es una niña con pene, como hay niños que tienen vagina pero son niños porque así se ven a sí mismos. Emma siempre se sintió una niña, así que eso es lo que es: una niña». El padre de Emma es un bombero acostumbrado a días envueltos en bolsas negras. «Yo nunca había llorado, pero desde el tránsito de Emma me emociono con nada. Tener un hijo tetrapléjico es un problema, lo nuestro es una bendición. A mí esto me ha abierto el lagrimal», dice con ojos de agua.

Esto es Emma cuando, con dos años, le decía a mamá cosas que casi nadie dice. «Me preguntaba por qué tenía colilla si ella era una chica, que si yo se la podía cortar», cuenta, aunque el canijo está escalando la espalda de esta madre vertical y refugio, madre montaña.

Creciendo al reclamo de faldas y muñecas

La niña Jorge fue creciendo al reclamo de faldas y muñecas. «Pensábamos que era un niño sensible». Pero cuando al crío le preguntaban si quería salir a la calle con los vestidos que llevaba en casa y contestaba que sí o cuando le confundían en el pueblo con una niña y le gustaba, sus padres sabían que la vida de su primer hijo no era un disfraz de cumpleaños.

Emma escucha, pero de pronto desaparece y vuelve con dos hámsters suaves y grises, un macho y una hembra que no saben que lo son, tan ricamente vivos en esta casa nada binaria.

La madre recuerda que hablaron con psicólogos durante años de Emma, que cada vez iba siendo más Emma en el envoltorio de Jorge.

Como aquel día de flashes, regalos y Dios…

– Hice la comunión con traje. Me hubiera gustado ir con vestido. Pero no pasa nada.

«Emma es conformista y adaptativa. Y eso la ha ayudado a no pasarlo mal», vierte el padre ante un café con olor a tolerancia y hogar. Y la madre abre comillas: «Hemos ido despacio por prudencia. Pensábamos: ‘¿Y si nos equivocamos?’. Dar con buenos profesionales es clave».

Quizá todos hayan sufrido más de lo que cuentan, quizá el estruendo íntimo de lo distinto y quién sabe si crueldades explícitas de niños o el cotilleo sordo de los adultos.

– Yo les decía a los niños que me había hechizado una bruja, pero que el hechizo se iba a pasar porque en realidad era una niña. Le daba la vuelta a la pulsera con el nombre de Jorge y les decía que me llamaba Emma.

¿Por qué Emma? «A ella y su hermana les gustaba la serie H2O, que son Cleo, Emma y Rikki, tres chicas sirenas. Ella se identificaba con las sirenas porque no tienen genitales», argumenta la madre. Eso explica el cuadro de la sirena que Emma tiene en su cuarto, habitado por muñecas Monster High y bautizado con las letras de su nombre en la puerta.

«Con 10 años, nos aconsejaron cambiar todo: nombre, ropa, carnés, decirlo en el cole…». El tránsito.

De Jorge a Emma

Cuando era Jorge. El día de su comunión. En su casa. S.G.V

Emma empezó 5º de Primaria llamándose Jorge y lo terminó como se llama. Era Navidad. «Llevamos al colegio el informe que reconocía el trastorno, un requisito desgraciadamente necesario, y que decía que era transexual y debía vivir en consonancia a lo que sentía». ¿Y qué pasó? «Que el cole dio a 5º una clase de transexualidad en EpC y el director convocó a los padres. Fue emocionante. Les dijo: ‘Hasta aquí se ha llamado Jorge; a partir de ahora se llamará Emma’. Y ya cantó los villancicos como Emma».

Madre e hija arrasaron tiendas, la cría eligiendo rosa, flipando vestidos. Y el pelo hasta donde fuera. Y sandalias de mujer. Y el baño de chicas. Y el nombre por fin… El tránsito.

Los padres de Emma creían que este trajín de adjetivos y de armarios era una extrañeza en medio de la Tierra. Pero se toparon con la Asociación de Familias de Menores Transexuales Chrysallis y conocieron un universo de galaxias como la suya. «Luchamos por una ley nacional en línea de la de Andalucía, que despatologiza la transexualidad y no exige que un médico diga lo que soy, porque yo sé lo que soy», clama el padre encarnándose en tantos. Y en tantas. «En Madrid han tumbado una ley similar y en España no están unificados los protocolos para administrar los bloqueadores hormonales, que deben aplicarse en los indicios de la pubertad, a los 12 años más o menos. Nosotros lo haremos con Emma pronto. Cada comunidad los aplica como quiere y alguna, como Madrid Aragón, ni lo hace. Son importantes porque evitan que se desarrollen caracteres secundarios contrarios al sexo sentido. En Aragón se ponen a los 16 y en Madrid a los 18, cuando ya se han manifestado todos los cambios en la pubertad. Imagínate qué putadón».

Y más zanjas: «Algunos colegios prohíben ir a los niños vestidos como se sienten y les mandan al wáter de los minusválidos, como si la transexualidad fuera una discapacidad. Hay que agilizar la burocracia y no depender de la sensibilidad del médico o del juez de turno».

Llegamos al parque. Los tres hermanos se lanzan a los columpios. «A los dos años del tránsito de Emma pedimos su cambio de nombre en el Registro Civil. Eso deben hacerlo los padres o los tutores del menor. La ley admite el cambio de nombre y de sexo, pero sólo para adultos. Así que hurgamos en la norma y vimos que había una posibilidad en el nombre por ‘uso habitual’. El juez que nos tocó dictó que Jorge debía llamarse Emma por uso habitual. Sin embargo, otros jueces no consideran esa circunstancia y deniegan el cambio. Nosotros, con ese papel fuimos a solicitar el DNI. Y el 11 de julio lo logramos».

De vuelta en casa hay un salmorejo benditamente incendiado de ajo, raciones calientes, canapés untados de sorpresa y tomates finos para cerrar los ojos. Es un milagro de madre. Los hámsters duermen.

Emma no deja ni una gota del fuego naranja del salmorejo. Su hermana le cuenta al fotógrafo qué es la democracia con la experiencia que da tener 10 años y el pequeñín brinca en el sofá como si no hubiera mañana. Hay un padre y una madre viviendo en mayúsculas.

Emma se levanta, mira desde detrás de sus gafitas, coge su DNI y nos regala el futuro.

– Soy feliz.

Fuente: El Mundo  Rafael J. Álvarez

(Sergio González / Inmaculada Cobo)