Preguntas, respuestas, sueños, esperanza…

Los años de adolescencia y juventud fueron difíciles. Muchas de las preguntas de la niñez seguían estando presentes y se añadieron otras que tampoco tenían respuesta.

Desde que comenzó a tener uso de razón notaba que era diferente, que algo no encajaba, que sus gustos y comportamientos no eran iguales a los de los otros niños. Pronto comenzaron las primeras e inocentes preguntas para las que su mentalidad infantil no lograba encontrar respuestas.

Todo le resultaba muy extraño pero a la vez agradable. Y es que no entendía la razón por la que disfrutaba tanto jugando con sus hermanas y sus amigas a juegos tradicionalmente catalogados como “de niñas”. Las “Nancys”, las cocinitas o sus adoradas “Barbies” le ganaban cada vez más terreno a los “clicks”, las pistolas o los balones (que también le gustaban). Sin saber por qué era feliz sintiéndose “una” más, aunque solo fuera en su interior. Tampoco entendía el motivo por el que se quedaba  en éxtasis cuando contemplaba a su madre cada vez que ésta se maquillaba, mientras descubría un mundo de coloretes, sombras y pintalabios que tan apasionante le resultaba. Ni siquiera comprendía esa irresistible atracción hacia la ropa femenina que tanto ansiaba sentir sobre su piel; o hacia esos zapatos de tacón alto en los que ya alguna vez se había subido de forma clandestina. Pero lo que más le sorprendía era su imaginación y esas fantasías, tan recurrentes y con las que tanto disfrutaba, en las que invariablemente soñaba que era o se convertía en una mujer.

Los años de adolescencia y juventud fueron difíciles. Muchas de las preguntas de la niñez seguían estando presentes y se añadieron otras que tampoco tenían respuesta.

Mientras tanto, desarrolló gran habilidad para conseguir quedarse a solas en su casa a la menor oportunidad y así poder transformarse en una bella jovencita, labor ésta en la que iba adquiriendo cierta destreza, usando furtivamente ropas y maquillaje de sus hermanas o incluso de su madre. Entre tanto, asistía con envidia y resignación al proceso por el que las chicas de su edad comenzaban a experimentar los cambios adolescentes que llevaría sus cuerpos a adoptar las definitivas formas de mujer, esas que tanto deseaba y que tan lejos estaban de las suyas.

Fue en ese punto cuando llegaron algunas respuestas. En algún sitio leyó la palabra travestismo y la adoptó como posible explicación y causa de todo, aunque sospechara que en su caso existía algo más profundo que la ropa, los tacones y el maquillaje.  Mientras, de cara al exterior, se esforzaba en ser un joven convencionalmente “normal”. Y lo consiguió, aunque en su interior y a la hora de relacionarse con el que creía sexo opuesto se volviesen a acumular nuevas preguntas: ¿por qué no le entusiasmaba como a sus amigos estar con las chicas?; cuando estaba con alguna, ¿lo hacía porque era lo correcto o porque era lo que realmente deseaba?; ¿quería estar con una chica o ser una chica?

Como no podía ser de otra forma, acabó llegando a la conclusión de que le encantaban las mujeres pero de una forma distinta a la de sus amigos. Había comprendido y aceptado que cuando veía a una chica guapa y de buen cuerpo más que querer estar con ella soñaba con ser ella.

Con el paso de los años el miedo al rechazo y a la incomprensión hizo que continuara actuando tal y como los demás esperaban que hiciera, convirtiendo así  su vida en una continua función de teatro. Era un intento desesperado de olvidar su “otro yo” sin querer darse cuenta que eso era imposible y que ese “otro yo” era su verdadero yo, que además cada vez le reclamaba más tiempo y más espacio pues ya no se contentaba con esas noches de casi perfectas transformaciones y posteriores paseos nocturnos que le servían para calmar momentáneamente su ansiedad.

Hoy, recién sobrepasada la mitad de su vida, continúan las dudas y las preguntas aunque ya conoce la mayoría de las respuestas. Efectivamente, tal y como presentía lo suyo era algo más que una simple atracción por la ropa, los tacones y el maquillaje. En su madurez ya sabe que su alma siempre ha sido de mujer.  Sabe que es transexual, una mujer transexual y se siente orgullosa de serlo aunque sea aún su gran secreto. Ahora las interrogantes a las que se enfrenta son otras pues se debate entre continuar con su doble vida, con el teatro continuo de su existencia y así no hacer sufrir a los que la rodean; o pensar por una vez en ella misma. En definitiva, espera el momento adecuado en el que poder hacer realidad el sueño de su vida, el sueño de Raquel.

Y mientras ese ansiado y mil veces soñado día llega (que intuye que acabará llegando), contempla con esperanza el cambio de los tiempos y cómo las generaciones actuales de niños transgénero cuentan con asociaciones como Chrysallis, creadas para entenderlos, ayudarlos, apoyarlos y hacer que esas preguntas que invariablemente siempre van a surgir tengan respuestas más tempranas, más certeras, más libres y así puedan alcanzar ese gran sueño que es poder vivir la vida como realmente se sienten y son.